Desde Fundación COLSECOR, entendemos la humildad como una disposición ética que valora lo esencial por encima de lo accesorio, lo colectivo por encima de lo individual. Y en Mujica encontramos un ejemplo coherente de esa forma de vivir. Tanto en su vida privada como en su trayectoria pública, hace de la humildad una práctica constante, sin alardes ni discursos grandilocuentes.
Durante su presidencia, rechazó vivir en la residencia oficial y eligió quedarse en su chacra, rodeado de las rutinas simples que siempre formaron parte de su vida. Este gesto -que trascendió fronteras y se volvió símbolo- no fue una excepción, sino el reflejo de una convicción profunda: que el poder no otorga privilegios, sino responsabilidades. En la misma línea, decidió donar gran parte de su salario a organizaciones sociales, reafirmando que su compromiso con los demás no era circunstancial, sino estructural.

La humildad de Mujica se expresa también en su discurso, despojado de tecnicismos, y en su capacidad de reconocer errores, dudar, escuchar. No ha pretendido nunca erigirse como dueño de la verdad, sino como alguien dispuesto a aprender, incluso en los lugares más inesperados. Esa actitud es una fuente de inspiración para millones de personas que ven en él un referente de coherencia y humanidad.
En un mundo atravesado por la competencia, la exposición y la acumulación, la humildad de “Pepe” Mujica se convierte en una de sus lecciones más poderosas: vivir con lo justo, actuar con honestidad y poner siempre en el centro a las personas.





