A lo largo de un discurso que alternó memoria personal con reflexión política, Mujica despliega una ética de lo común que interpela tanto a las instituciones como a las nuevas generaciones.
“El odio termina estupidizándonos”, dice, señalando que no lo cultiva desde hace décadas. “El odio es ciego como el amor, pero el amor es creador y el odio destruye.” Lejos de las disputas mezquinas, el expresidente recuerda el valor de quienes piensan distinto, y narra con afecto su vínculo con un senador liberal con quien discutió durante años sin una sola ofensa. La bonhomía, dice, es un valor perdurable que hay que conservar, porque “el sistema político de este país, siendo pequeño, tiene que huir de las grietas”.
Mujica se detiene en los desafíos de la época digital. Cuestiona la noción tradicional de libertad y plantea una paradoja contemporánea: “Si por libertad se entiende seguir los deseos e inclinaciones, la libertad existe; pero si se entiende que somos capaces de gestar esas inclinaciones y esos deseos, la libertad no existe”.
“En política no hay sucesión: hay causas”, afirma con claridad. Y es a esas causas a las que deben apostar las nuevas generaciones. Mujica no apela al heroísmo ni al sacrificio, sino a la continuidad. “La biología impone cambios, pero también tiene que haber una actitud de cambio.” La invitación no es a repetir las batallas del pasado, sino a pelear las del presente. A “cometer los errores de su tiempo, no los nuestros”, como aconseja a los jóvenes.
Desde Fundación COLSECOR compartimos estas palabras como parte del pensamiento vivo de nuestro presidente honorario. “Triunfar en la vida no es ganar”, dice. “Es levantarse y volver a empezar cada vez que uno cae”. Su renuncia cumple así un acto de transmisión, no de despedida. siempre con el mismo compromiso: el de seguir construyendo futuro.





