Altas temperaturas, impacto del arbolado y calidad del aire: un repaso por los informes de Biocomunidad

¿Qué está pasando con el entorno de las ciudades en las que vivimos? ¿Qué se pierde cuando la naturaleza retrocede? ¿Qué consecuencias tiene para las comunidades?, son interrogantes que se propuso instalar el proyecto a través de la divulgación de estos temas.

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La Fundación Colsecor presentó este año una serie de investigaciones con el objetivo de difundir aspectos de la problemática ambiental y ponerla en agenda, en el marco del proyecto Biocomunidad.

La iniciativa, que se encuentra alineada con las ideas de nuestro presidente honorario José Pepe Mujica, busca generar interrogantes sobre cómo nuestras formas de habitar afectan la calidad de vida y el equilibrio del ambiente en las ciudades y pueblos tanto de nuestro país como de Latinoamérica.

De esta forma, se intenta detener la costumbre de naturalizar el deterioro ambiental y volver a mirar nuestro entorno para abrir las puertas a preguntas como ¿Qué está pasando con el entorno de las ciudades en las que vivimos? ¿Qué se pierde cuando la naturaleza retrocede?, así como ¿Qué consecuencias tiene para nuestro cuerpo, nuestra salud y nuestras comunidades?. 

Así, el proyecto eligió trabajar sobre tres informes sobre elementos concretos: arbolado urbano, temperaturas en zonas de hiperpoblación y calidad del aire.

El primer informe titulado “La deuda ambiental de la deforestación” dejó en evidencia que las ciudades latinoamericanas están perdiendo sus árboles y, con ellos, salud, frescura y equilibrio urbano. Los números hablan por sí solos. En dos décadas, la región perdió casi un 24 % de su cobertura vegetal. Pero más inquietante aún es el patrón que subyace: la sombra retrocede allí donde las personas más la necesitan.

Los barrios populares, las urbanizaciones sin planificación y las zonas con viviendas precarias son, en general, los territorios donde el calor se vuelve más agresivo. Allí faltan veredas arboladas, parques cercanos o corredores verdes que alivien el ambiente. En esos espacios, cada árbol vale el doble: baja la temperatura, mejora la calidad del aire, retiene humedad y suaviza el impacto implacable del cemento.

El informe también recordó que el arbolado urbano no es un gesto estético, sino que está relacionado al derecho a un ambiente sano y que los municipios tienen obligaciones jurídicas claras para protegerlo, ampliarlo y gestionarlo con rigor.

Al mismo tiempo, se destacó que hay ciudades que decidieron priorizar la infraestructura verde como política pública, por ejemplo, en Argentina, Rosario realizó uno de los censos de arbolado más completos del país. Córdoba avanzó con campañas de participación comunitaria y Buenos Aires implementó programas de arbolado participativo que combinan ciencia y ciudadanía. En el caso de Colombia en Medellín se creó los "corredores verdes" que hoy son estudiados en todo el mundo.
Las soluciones existen, lo que hace falta es decisión política sostenida. 

El segundo informe “Las altas temperaturas y su impacto en las ciudades, un problema impostergable”, puso luz sobre un fenómeno cada vez más evidente: el calor dejó de ser un dato estacional para convertirse en un factor estructural que condiciona la salud, la vida urbana y la planificación territorial.

La Organización Mundial de la Salud estima casi medio millón de muertes por calor extremo cada año, una cifra que no contempla las muertes “indirectas": el calor agrava enfermedades respiratorias, eleva el riesgo de infartos y desestabiliza cuadros crónicos. El enemigo es silencioso, persistente y profundamente desigual.

En Argentina, la última década registró récords sucesivos de temperaturas extremas, ciudades como Buenos Aires, Rosario y Córdoba atravesaron olas de calor más prolongadas y con temperaturas nocturnas inusualmente elevadas. En este escenario, las áreas altamente pavimentadas, con escasa vegetación y sin corredores de ventilación, se comportan como islas de calor urbanas, reteniendo temperatura durante la noche y agravando el estrés térmico sobre la población.

El trabajo dejó en evidencia que el calor no afecta a todas las personas por igual, impacta con mayor fuerza a quienes habitan en viviendas precarias, a quienes no tienen acceso constante al agua, a quienes trabajan al aire libre, niños y niñas, y adultos mayores. Es decir, castiga con más intensidad a los mismos grupos que ya cargan con desigualdades históricas.

Asimismo, existen otros modelos de desarrollo urbano posibles, en el caso de Colombia en la ciudad de Medellín logró reducir hasta 4 °C en las zonas intervenidas con corredores verdes; en Argentina en ciudades como Buenos Aires avanza con techos fríos e infraestructura de sombra que ya muestran eficacia para mitigar el impacto térmico, y en Córdoba, los corredores bioclimáticos funcionan como verdaderos refugios frente a las altas temperaturas.

La tendencia global es inequívoca: la planificación urbana se reafirma como un instrumento central de salud pública.

El tercer informe "Calidad del aire, impactos urbanos y movilidad sostenible en Argentina", puso el foco en el elemento más intangible y, al mismo tiempo, más determinante para la salud y la vida cotidiana como lo es el aire. 

Respiramos unas 20.000 veces al día, casi sin pensarlo. Pero cada una de esas inhalaciones está marcada por decisiones que se toman mucho antes de que el aire llegue a nuestros pulmones, depende de cómo nos movemos por la ciudad, de qué fábricas siguen funcionando cerca de nuestras casas, de cómo se calefaccionan los hogares en invierno, de los residuos que se queman a cielo abierto y de los combustibles que elegimos para sostener la vida cotidiana. Cada respiración cuenta una historia de políticas públicas, de planificación urbana y de prioridades colectivas.

En Argentina, la calidad del aire cambia según la escala urbana, en el caso de las grandes ciudades, predominan las emisiones del tránsito y la industria, en las ciudades medianas, pesan la agroindustria, los camiones y el transporte pesado y en las localidades pequeñas, la quema de residuos y de biomasa ocupa un lugar central en la contaminación cotidiana.

Pero, más allá de las diferencias entre ciudades, el impacto es el mismo, la contaminación del aire enferma, aumenta el asma, las enfermedades respiratorias, los infartos, los ACV, las alergias severas y un conjunto de afecciones crónicas que se agravan silenciosamente. Y golpea con más fuerza a quienes menos recursos tienen para defenderse: hogares sin ventilación adecuada, familias que dependen del transporte público saturado, personas expuestas al humo o al tránsito todos los días.

El informe advierte algo fundamental, las leyes existen, pero no se aplican con la contundencia necesaria, además la jurisprudencia internacional también es explícita, respirar aire limpio es un derecho humano reconocido, pero sin monitoreo continuo, sin mecanismos reales de fiscalización y sin una voluntad política capaz de sostener estas acciones en el tiempo, ese derecho queda reducido a una declaración formal, una expectativa que nunca se materializa en la vida cotidiana.

En este escenario, la movilidad eléctrica aparece como una de las rutas posibles hacia un aire más limpio, países como Chile, Colombia y México muestran resultados concretos; y en Argentina, ciudades como Córdoba, Mendoza y Buenos Aires empiezan a dar sus primeros pasos. Falta, sin embargo, transformar esos avances aislados en una política de Estado capaz de sostenerse en el tiempo.

Así, se identificaron cuatro problemas profundos que explican por qué las ciudades no logran adaptarse a la urgencia ambiental:

  • Crecen más rápido que la planificación: La urbanización avanza a un ritmo que los gobiernos no alcanzan. La infraestructura verde, los sistemas de movilidad y las redes de alerta temprana quedan siempre un paso atrás.
  • Falta información para decidir: El déficit de datos es estructural: no hay censos de arbolado actualizados, los mapas de calor son escasos, las mediciones de calidad del aire no son abiertas y los sistemas de monitoreo ciudadano son excepciones, no reglas.
  • La desigualdad ambiental se repite barrio tras barrio: Los sectores populares cargan con la mayor parte del impacto: más calor, menos árboles, aire más contaminado y menos servicios básicos. El ambiente urbano también reproduce desigualdades históricas.
  • La voluntad política aparece y desaparece: Los avances existen, pero muchas veces dependen de gestiones puntuales. Con cada cambio de administración, proyectos valiosos se frenan, se postergan o quedan a mitad de camino.

El proyecto Biocomunidad señaló los problemas, pero también también trazó un camino y dejó herramientas concretas para seguir avanzando. Logró traducir evidencia técnica en un lenguaje accesible, construir una narrativa que une ambiente, salud y derechos, y producir materiales que hoy circulan en medios, cooperativas y comunidades de todo el país, y también acercó soluciones posibles que son medibles, replicables y alcanzables, además ayudó a instalar en la conversación pública un tema que afecta, silenciosamente, a millones de personas.

Los tres informes convergen en una misma idea que atraviesa todo el proyecto: el deterioro ambiental no es un destino inevitable, sino el resultado de decisiones colectivas que pueden y deben transformarse, la sombra puede recuperarse, el calor puede mitigarse y el aire puede volver a ser respirable.

En definitiva, la ciudad puede volver a ser un lugar donde se viva con dignidad, con frescura y con alegría; un espacio que acompañe la vida. Todavía estamos a tiempo y lo que hagamos o dejemos de hacer en los próximos años definirá el futuro que habitaremos.

José “Pepe” Mujica lo dijo con claridad: no es la acumulación lo que define a una sociedad justa, sino la dignidad de quienes la integran. Biocomunidad comparte esa idea y la lleva al corazón de la ciudad: poner la vida, la salud y el bienestar en el centro. Porque sin árboles, sin frescura y sin aire limpio, la ciudad se vuelve un territorio hostil. El arbolado ofrece condiciones para mejorar la vida de quienes allí habitan. 


 

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