Biocomunidad

¿Influye la desigualdad social y el hábitat en el impacto de las olas de calor?

El doctor Carlos Ferreyra, referente argentino en cambio climático, salud y vulnerabilidad social, explica cómo influyen factores como la edad, la existencia de enfermedades crónicas y la desigualdad, frente a las elevadas temperaturas. “El calor mata”, sostiene, y resalta la importancia de generar estadísticas sobre las muertes que se producen por esta causa.
Biocomunidad - carlos-ferreya-web Fundacion Colsecor
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El último informe del Proyecto Biocomunidad de la Fundación COLSECOR señala que las olas de calor dejaron de ser excepcionales para convertirse en parte de nuestra vida cotidiana. Ahora, la voz del médico Carlos Ferreyra invita a mirar este fenómeno con un lente más humano: el calor no es solo una cifra meteorológica, es una amenaza silenciosa para la salud y para la equidad social.

“El calor mata, aunque muchas veces lo haga en silencio”, advierte Carlos Ferreyra, médico especialista en emergencias y salud pública, con amplia trayectoria en la atención de desastres y en la gestión sanitaria frente a eventos climáticos extremos y una de las voces más reconocidas en Argentina en la articulación entre cambio climático, salud y vulnerabilidad social. “Hoy en día no se producen estadísticas en Argentina que den cuenta de las muertes que generan las olas de calor.”

En una entrevista con la publicación especializada Ambiente y medios , el especialista revela una falla estructural: sin datos confiables, el impacto real permanece invisibilizado y las políticas públicas se diluyen en discusiones tardías. Mientras tanto, los termómetros baten récords y las temperaturas en las ciudades no dan tregua ni de día ni de noche.

 

Vulnerabilidad que se multiplica

A nivel mundial las cifras hablan por sí solas. Según la Organización Mundial de la Salud, entre 2000 y 2019, el calor causó unas 489.000 muertes anuales. Al referirse a estos datos, Ferreyra pone el foco en que no todas las personas lo sufren por igual: Adultos mayores, embarazadas, niños pequeños y pacientes con enfermedades crónicas encabezan las listas de riesgo.

A esa fragilidad biológica se suma la desigualdad social y las diferencias en el hábitat.  Quienes viven en casas de chapa, sin arbolado ni acceso a refrigeración adecuada, enfrentan lo que el especialista denomina “vulnerabilidad energética”.  “En definitiva, el derecho a protegerse del calor depende de los recursos disponibles”, resume. Allí, la desigualdad se convierte en un multiplicador de esta situación.

 

Las trampas invisibles de las ciudades

El informe de Fundación Colsecor, con datos del Servicio Meteorológico Nacional y de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), documenta cómo las ciudades concentran el riesgo: las islas de calor urbano elevan las temperaturas nocturnas entre 1 y 4 °C en las metrópolis de más de un millón de habitantes.

Ferreyra lo confirma desde la experiencia en emergencias: “Las ciudades son trampas invisibles. El cemento, el asfalto y la falta de sombra no solo aumentan el calor durante el día, sino que impiden que el cuerpo se recupere por la noche”. El resultado son espacios donde la sensación de encierro térmico se convierte en una amenaza directa para la salud.
 

Qué podemos hacer desde lo local

Mientras que en Europa y Estados Unidos hace dos décadas que existen oficinas específicas contra el calor extremo, refugios climáticos y sistemas de alerta temprana, en Argentina el debate recién comienza.  “Hace 20 años en el hemisferio norte implementaron medidas públicas por el calor extremo, mientras aquí recién empezamos a discutir el tema”, lamenta Ferreyra. La comparación deja en claro que no se trata de innovar en soluciones, sino de aplicarlas con decisión.

Ferreyra no quita responsabilidad al Estado, pero abre la puerta a la acción comunitaria para mapear zonas críticasampliar el arbolado urbanoabrir espacios públicos como refugios climáticosdifundir información sobre autocuidado. “Los sistemas de salud deben tener una visión estratégica para los próximos 10 años, para dar respuesta al estrés térmico que afectará cada vez más a niños, niñas, embarazadas, pacientes oncológicos, personas con enfermedades crónicas y adultos mayores”, explica.

El calor, como desafío climático, es una amenaza silenciosa que exige políticas públicas urgentes y también iniciativas locales. Enfrentarlo es garantizar que vivir en la ciudad no dependa del azar ni del bolsillo, sino de un compromiso colectivo con la salud y la dignidad.

Imagen en la grafica: (Nicolás Bravo / La Voz)