Desde hace décadas, los parques y agrupamientos industriales concentran grandes empresas, pymes, empleo formal e infraestructura. No son solo "zonas fabriles"; también ordenan el territorio, minimizan riesgos para las comunidades urbanas y sostienen una matriz productiva local y esencial para el sector de pequeñas y medianas empresas. ¿Cómo fue la evolución de estos sectores? ¿Qué tipo de trabajo y fisonomía concentran? ¿Cómo se reconfiguran en el contexto actual? De esto habla la última agenda pública del año de la Fundación Colsecor.
Según la definición del Centro de Estudios para la Producción (CEP XXI), un parque industrial es un terreno urbanizado y subdividido, dotado de infraestructura y servicios, destinado a la localización de actividades productivas. Aunque no existe en la actualidad una cifra unificada que permita conocer con precisión cuántos parques industriales hay en la Argentina ni cómo se distribuyen según su localización (urbana, periurbana o rural), distintos registros oficiales y relevamientos sectoriales permiten dar una estimación. Según el Registro Nacional de Parques Industriales (RENPI), con datos hasta el 2021, hay 363 parques formalmente inscriptos, mientras que informes provinciales y datos de organizaciones hablan de más de 600 (el sitio parques industriales registra 626 en todo el país). Teniendo en cuenta ese último número, se estima que cerca de un cuarto de los parques se ubican en áreas urbanas consolidadas, alrededor de un tercio en zonas periurbanas o conurbanos y el resto en localidades del interior y áreas rurales.
Orígenes y expansión
Los primeros parques industriales en Argentina nacieron en la década de 1950, cuando el proceso de industrialización sustitutiva comenzó a demandar suelo planificado, servicios comunes y regulación específica. Sin embargo, fue entre fines de los años sesenta y durante la década de 1970 cuando distintas provincias y ciudad de Buenos Aires sancionaron normativas para ordenar la expansión fabril y desplazar industrias fuera de los centros urbanos.
En Santa Fe, por ejemplo, se crearon parques como Alvear, Sauce Viejo o Reconquista, mientras que en la Región Metropolitana de Buenos Aires (RMBA) comenzaron a consolidarse complejos como Pilar, La Cantábrica (Morón) o el parque industrial de La Plata. Estos espacios -de los más antiguos y grandes del país- se ubicaron estratégicamente en áreas periurbanas, cerca de rutas nacionales, accesos viales y ferrocarriles, eligiendo suelo más accesible con cercanía a los grandes mercados.
El Gran Córdoba aparece con un recorrido similar. Primero, en los '50, áreas industriales ligadas a la instalación de grandes plantas automotrices; luego, parques planificados en zonas como Ferreyra y el sudeste de la ciudad. En estos espacios se concentraron proveedores metalmecánicos y autopartistas, a partir de desplazar actividades que ya no podían convivir con el crecimiento urbano.

Durante la década de 1990, la industria argentina atravesó un profundo proceso de reestructuración, en el marco de la apertura comercial, la desregulación de los mercados y la ola de privatizaciones. Diversos trabajos académicos y los estudios de CEPAL coinciden en que este período implicó un escenario complejo para la industria nacional, especialmente para las pequeñas y medianas empresas. En los parques industriales ese impacto no fue homogéneo: no desaparecieron, al contrario, a mediados de los '90 ya existían 150 parques, y su fisonomía copiaba la tendencia mundial de entonces: las empresas tendían a dejar las áreas centrales y radicarse en zonas más alejadas. Pero esa participación de la industria nacional se hace sobre una base de deterioro, como explican en este trabajo investigadores de la UBA y UNGS. Así, en los noventa la expansión del número de locales se explica más por la proliferación de establecimientos que por un crecimiento genuino del aparato productivo. En paralelo, se revitalizan bordes metropolitanos, en una etapa donde la ampliación y modernización de accesos y autopistas funciona como motor para la relocalización industrial. En ese marco, la inversión (especialmente la extranjera) tiende a ser selectiva, y en casos como la Región Metropolitana de Buenos Aires, con un sesgo hacia el corredor norte en detrimento de los distritos del conurbano sur.
En síntesis, la década de 1990 dejó como saldo una relocalización industrial, pero con un entramado productivo debilitado y pymes expuestas a la apertura y la competencia externa. La diferencia con la etapa que se abre a partir de 2003 no estuvo tanto en la lógica territorial (se profundiza el desplazamiento hacia los bordes urbanos) sino en el retorno de políticas públicas activas hacia los parques industriales: en 2010, el Estado nacional crea el Programa Nacional para el Desarrollo de Parques Industriales Públicos, eliminado en diciembre de 2023, por la actual gestión.
Pymes, empleo y producción
Esa localización planificada no puede separarse del peso que tiene la industria en la economía argentina. Aporta cerca del 18% del PBI, genera alrededor del 20% del empleo y explica una porción significativa de la recaudación. En los conurbanos, ese peso se materializa en parques industriales que alojan pymes de sectores clave como alimentos, metalmecánica, química, autopartes y maquinaria.
El Sector Industrial Planificado de Almirante Brown es un buen ejemplo: creado en 1993, hoy reúne más de 250 empresas y unos 8.000 trabajadores, convirtiéndose en uno de los polos fabriles más importantes del sur de la Región Metropolitana de Buenos Aires. Casos similares se repiten en Morón, Esteban Echeverría, Tigre o Cañuelas, casi siempre sobre corredores logísticos que facilitan la circulación de insumos y productos.
¿Por qué las pymes eligen estos parques? Las razones se repiten, sin distinción de geografía: infraestructura adecuada, posibilidad de compartir costos, mayor previsibilidad normativa y cercanía a proveedores y clientes. En los conurbanos, además, los parques permiten seguir produciendo cerca de las grandes ciudades, pero sin entrar en la dinámica del casco urbano. Un episodio reciente volvió a poner el tema sobre la mesa. El incendio ocurrido en el Parque Industrial de Ezeiza mostró que retirase hacia zonas menos pobladas no solo ordena la producción; también reduce riesgos. La distancia y la existencia de protocolos e infraestructura adecuada evitaron que el hecho tuviera consecuencias mayores sobre zonas habitadas.
La importancia de los parques industriales no se agota en lo que producen puertas adentro. También transforman los territorios donde se instalan. Generan empleo, amplían la base tributaria municipal, impulsan obras de infraestructura y modifican patrones de movilidad y uso del suelo. En muchos distritos, su llegada estuvo acompañada por mejoras en servicios públicos como gas, pavimento, transporte o conectividad. Sin embargo, su impacto depende de cómo se los piense y gestione: los parques se desempañan mejor cuando están amparados por "políticas públicas económica nacionales proindustriales", como demuestra este estudio desde IDAES.
La industria, en crisis. ¿Cómo afecta a los parques?
Este entramado productivo enfrenta en la actualidad un escenario muy complejo. Un estudio de CEPA da cuenta de que entre fines de 2023 y septiembre de 2025 cerraron más de 19.000 empresas en el país, con una pérdida superior a los 260.000 puestos de trabajo registrados. La industria es uno de los sectores más golpeados, con más de 59.000 empleos menos: caída de la producción, apertura importadora, retracción del crédito y retroceso de programas de apoyo afectan a la industria.
En este contexto, los parques industriales son epicentro no solo de señales de estancamiento, sino de crisis, incluso en grandes empresas: recientemente, varias firmas despidieron cientos de trabajadores del Parque Industrial de Pilar; desde mediados de año, empresas como Ilva, Kimberly-Clark y Kenvue (ex Johnson & Johnson), la mutinacional Magnera han cerrado sus plantas o despedidos personal. Solo entre julio y octubre se perdieron más de mil puestos de trabajo en Pilar. La situación en los parques industriales bonaerenses se replica en San Nicolas y Campana, donde recientemente hubo cientos de despidos. Incluso hubo despidos en Zarate, en la firma Cameron, dedicada a la industria del petróleo.
En Santa Fe, en el Parque Industrial Sauce Viejo, el panorama no es mucho mejor: según su presidente, Ángel Poma Ré, "hoy no fabricamos nada. En el primer semestre de 2025, han ingresado 14 mil millones de dólares de productos industriales, lo que significa fábricas paradas".
Las empresas y pymes que habitan los parques industriales no viven en una burbuja. Al igual que otros sectores productivos, necesitan de políticas públicas activas y federales, financiamiento y una mirada de largo plazo. Desde la mirada que Fundación Colsecor viene sosteniendo a lo largo de esta agenda (tanto de "la industria en el campo" como en los conurbanos), entendemos que cuidar el desarrollo de los parques industriales no es solo una discusión económica. Es una decisión política y social de los Estados nacional, provinciales y municipales. Estos complejos pueden ser un mero espacio donde diversas firmas concentran una actividad industrial, o seguir siendo un espacio común para el trabajo formal y el fortalecimiento de una matriz productiva en la región donde se establecen.






