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”Tenemos datos para mejorar la movilidad, pero con eso no alcanza”

Sebastián Anapolsky es politólogo, especialista en urbanismo y políticas públicas. En diálogo con Fundación COLSECOR, reflexiona sobre cómo la trama urbana actual condiciona al sistema de transporte. Cuál es el potencial de herramientas digitales y los desafíos tanto en áreas metropolitanas como en ciudades intermedias.
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Sebastián Anapolsky dirige la Especialización en Análisis de Datos de Transporte de la Universidad Nacional de San Martín (UNSAM) y, desde ese lugar, el de la docencia, la investigación y el asesoramiento a gobiernos e instituciones, observa que las herramientas digitales pueden ayudar a comprender cómo se desplazan las personas y así mejorar un sistema que hoy se encuentra “muy deteriorado”. Pero advierte que los datos, por sí solos, no resuelven el problema, si las ciudades continúan expandiéndose de manera dispersa, sin coordinación metropolitana y con una fuerte dependencia del vehículo particular. “Nuestra trama urbana está descosida”, describe como metáfora. 

-¿Por qué los datos se volvieron tan importantes para pensar la movilidad urbana?

Porque si uno observa las grandes transformaciones que ocurrieron en el transporte durante los últimos veinte años, la mayoría están relacionadas con la digitalización y el análisis de datos. Los colectivos pueden ser un poco más modernos o contaminar menos, pero siguen siendo vehículos bastante parecidos a los de hace décadas. Sin embargo, los cambios más importantes en los últimos 20 años ocurrieron a partir de la utilización de datos para hacer más eficiente el transporte.

Los ejemplos más evidentes son las plataformas de movilidad a demanda como Uber, Cabify o Didi. Los vehículos no son muy distintos de un taxi tradicional, pero detrás existe una enorme capacidad de procesamiento de información que permite conectar oferta y demanda de una manera mucho más eficiente. Después podemos discutir si nos gusta o no, pero lo que hizo posible que eso suceda es que se digitalizó el sistema.

Ahora, que haya cada vez más autos, cada vez más motos, esto tiene que ver con otros fenómenos que van más allá de la digitalización. Y tiene que ver con cómo están creciendo nuestras ciudades. En las últimas décadas, en Argentina crecieron por fuera de sus límites, volviéndose más anchas, con muy baja densidad. Es decir, crecieron de forma desordenada, con una trama urbana que está “descosida”, y eso genera un problema, porque los sistemas de transporte público necesitan cierta concentración de demanda para funcionar eficientemente. Nadie brindará servicio en un tramo de 10 kilómetros donde no vive nadie en el medio.

En esos contextos, la movilidad individual termina apareciendo como la única alternativa viable para muchas personas, pero la movilidad individual es más cara, ineficiente, produce más accidentes y ocupa más espacio público, el cual es un recurso escaso. Por otro lado, ciudades chicas que crecieron, y ahora son ciudades intermedias, no se adaptaron culturalmente. La gente va en auto al supermercado que está a tres cuadras.

-Y con ese escenario ¿hasta qué punto la tecnología puede ayudar a resolver estos problemas de movilidad?

La tecnología sí puede ayudarnos a diseñar mejores rutas y repensar los sistemas donde ya existe densidad poblacional, permitiendo planificar mejor la demanda con la oferta que tenemos. Tradicionalmente esto se hacía mediante encuestas de movilidad, que siguen siendo herramientas muy valiosas, pero también son costosas y complejas. Hoy contamos con nuevas fuentes de información, como los datos generados por los sistemas de pago electrónico. La tarjeta SUBE, por ejemplo, permite reconstruir una parte importante de los desplazamientos que realizan diariamente los usuarios del transporte público. A partir de esa información es posible identificar patrones de movilidad, zonas con alta demanda y oportunidades para mejorar recorridos y frecuencias.

-¿Se está aprovechando esa información para políticas públicas?

Todavía muy poco. Los municipios pueden acceder a esos datos como los que genera la SUBE, pero son pocos los que utilizan datos para gestionar transporte. Si nos comparamos con otros países de la región, estamos atrasados. Chile, por ejemplo, realiza periódicamente encuestas de movilidad, trabaja sistemáticamente con datos de sus sistemas de pago y utiliza también otras fuentes de información para monitorear el funcionamiento de sus ciudades. Existe una cultura de planificación mucho más consolidada.

Pero además de los datos en Chile hubo inversiones e infraestructura. Santiago amplió su red de metro, incorporó una importante flota de colectivos eléctricos y modernizó profundamente su sistema de transporte. También ciudades como Bogotá, Medellín, Santiago, Bolivia o San Pablo transformaron sus sistemas. En Argentina hay algunas experiencias interesantes, como Mendoza, que avanzó con el Metrotranvía y una reorganización importante de su sistema, o San Juan, que también tiene una buena experiencia, aunque es una ciudad más chica. Sin embargo, en la mayoría de las ciudades las transformaciones estructurales fueron mucho más limitadas: Buenos Aires, Córdoba, Rosario, más allá de algunos carriles exclusivos, después no hicieron mucho más. 

 

 

 

-Si tuvieras que señalar una prioridad para la movilidad urbana en Argentina, ¿cuál sería?

Necesitamos volver a pensar la movilidad de manera integral. No alcanza con discutir colectivos, trenes o aplicaciones por separado. El transporte está profundamente vinculado con la forma en que crecen las ciudades. Ahora, si se permite un emprendimiento inmobiliario o viviendas sociales a 30 kilómetros, hay que explicar cómo funcionará el transporte allí. A menudo se construye en medio de la nada y luego la gente no puede moverse. 

-¿Cuál sería la alternativa? 

Cooperación interjurisdiccional. En zonas como el AMBA, el problema es metropolitano. Se necesita coordinación porque la gente se mueve entre municipios y el sistema actual sigue pensado para que todo vaya al centro, cuando hoy la mayoría de los viajes son transversales. Países que son federales como el nuestro, como Brasil, crearon la figura de región metropolitana, con acuerdos básicos sobre el sistema troncal de toda el área metropolitana. La colaboración interjudisdiccional en Argentina es super compleja y es algo que no tenemos resuelto.

¿Existen experiencias interesantes a nivel local?

Mendoza hizo cambios importantes a la red de transporte, está expandiendo el metrotranvía y está pensando en integrar un tren de cercanías. San Juan hizo un cambio integral en su sistema de transporte, pero en términos generales creo que lo más importante que sucedió en el transporte en los últimos 15 años es la incorporación de carriles exclusivos, al estilo metrobus, que mejora mucho la operación del transporte colectivo. 

Hoy no está pasando mucho más que eso; creo que las ciudades están todavía adaptándose a la pérdida de los subsidios por parte del gobierno nacional y el mayor desafío pasó a ser como seguir financiando los sistemas de transporte. Vamos a empezar a ver sistemas muy desiguales que dependerán de la capacidad que tenga cada municipio o provincia.

El desarrollo urbano y el transporte no pueden verse como cosas separadas. Las ciudades tienen que plantearse cómo van a crecer, qué tipo de ciudad quieren ser y planificar acorde a esa visión.